El blanco ocular del más ajado de los dos seres parecía dividirse en dos por la original mancha ocre que en él se apreciaba. “Una marca de nacimiento”, pensó Faber. Aunque perfectamente podría ser un espejo que reflejara en aquel mismo instante la llanura que les rodeaba. El rostro impertérrito del supuesto anciano miraba firme al frente, quieto, dando la espalda a la espesura chamuscada.
El enemigo había desaparecido, pero no su rastro. Incluso la maraña frondosa que les había servido de refugio nocturno había perdido gran parte de su color, volviéndose más negra conforme los ojos de los soldados la examinaban más hacia arriba. La copa de los árboles y plantas eran frontera mortal con el azul del cielo, y nada, absolutamente nada se escuchaba.
Uno a uno los soldados y los dos seres terminaron por situarse en paralelo, flanqueando a Faber y al imperturbable ser. Atónitos ante el paisaje inexistente que se les presentaba, cansados y derrotados, vacíos del color achicharrado.
-Tienes que venir. Nosotros llevaremos a vosotros con la gente de ti, con los soldados del cielo que dicen ayuda.
Faber giró y agachó la cabeza para observar al ser, aún firme e inmutable mirando al frente, y entonces, echó a andar seguido de su congénere. Faber arrancó tras ellos y Marja y el Comandante Pietrus lo hicieron de inmediato.
El sol trataba de incidir en los caminantes, pero la mañana invernal que les contemplaba no le permitía calentar demasiado. Así que, a pesar de mantener un ritmo de marcha bastante alto, los soldados no se atrevían a desabrocharse los gabanes. Sin embargo, los dos nativos parecían estar protegidos del frío por una capa de grasa y no parecían necesitar más que algunas escasas prendas para aliviar las bajas temperaturas.
La comitiva avanzó por la llanura calcinada durante unos tres kilómetros, hasta llegar a una pequeña sucesión de montículos de diferentes tamaños cubiertos por algunas formaciones rocosas. El anciano se detuvo ante una de ellas y pareció buscar algo. El otro ser se colocó a su lado y pareció ayudarle. Faber miró a Marja y al Comandante, sorprendido y algo desconfiado por al actuación de sus guías.
-Dije que no eran violentos según los informes, pero no sé qué deberíamos hacer ahora.- comentó en voz baja Faber a sus dos compañeros.
-¿Qué buscan?- preguntó Marja.
En ese instante la formación rocosa pareció desmoronarse y un agujero hasta ahora oculto se abrió en el montículo.
-Tienes que venir aquí. Tienes que descansar para buscar los soldados.- El anciano extendió la mano hacia el agujero y atravesándolo se internó en el montículo.
El otro ser le siguió sin mirar atrás y sin preocuparse aparentemente de qué hacían los soldados.
-Soldado, usted está más acostumbrado a tratar con nativos. ¿Qué cree?- preguntó el Comandante.
-Sinceramente señor, no creo que suponga una amenaza para nosotros, aunque nunca se sabe. Parece que han tenido algún tipo de contacto con nosotros, pero no sabemos de qué tipo.
-Bueno fortia, nos han asociado con la palabra ayuda, ¿no? Quizás estemos en un primer estadio de contacto.
-Cierto brainia, pero seguimos sin tener argumentos reales para saber qué nos espera realmente.
Del agujero asomó la cabeza del más joven de los nativos haciendo un pausado gesto de invitación a entrar en el montículo. Faber miró a sus compañeros y dio un paso al frente, agachando la cabeza y encorvando algo su espalda. El Comandante Pietrus le siguió sin dudar y tras ellos Marja penetró en la oscuridad del agujero. La formación rocosa volvió a su lugar de origen y negó el sol al estrecho pasillo que descendían. Una hilera de lucecitas de diferentes colores facilitaban la visibilidad y, aunque no tenía mucha altura, era la suficiente para que los soldados caminaran con cierta comodidad.
-Ayer en la tierra, y hoy… quién sabe donde estamos hoy.- reflexionó en voz alta el Comandante Pietrus.
2008 © José C. Quintano