SÓLO HÉROES (15)

Para los seres dotados de visión, la oscuridad, la falta total de luz, suele ser sinónimo de fatalidad. Un terror atávico e irracional los convierte en presas de la ansiosa búsqueda del menor rastro de claridad. La respiración acelerada, a la caza de un aire que se antoja ilusoriamente escaso, y un pulso en frenético ascenso que recorre cada extremidad, arriba y abajo, con cada nuevo y continuado bombeo sanguíneo. Indefensos, ajenos a toda razón, perdidos. La instrucción espacial y militar es responsable de erradicar dichos temores ancestrales. Sin embargo, la sensación de desesperanza nunca abandona totalmente a quienes la reciben.

Tras los primeros pasos, las lucecitas habían ido disminuyendo y ahora la negrura envolvía casi por completo a los soldados mientras, sujetos de los antebrazos por sus guías y rescatadores.

-¿Puedes ver algo, fortia?- preguntó Marja.

-Ver, creo que no, brainia. Sólo intuyo formas a mi alrededor.- respondió Faber.

-No se fíen, soldados. La mente puede jugarnos malas pasadas. Lo que creen intuir son sólo imágenes que nuestro cerebro recuerda. Probablemente esté tratando de crear un entorno con las pocas pistas que la entrada le dio. Si ahora iluminaran el camino lo que pensamos que es un camino sin salida podría ser una enorme sala.

-Lo sé señor.- se apresuró a clorar Faber- sin embargo me parece que nuestros guías ven todavía el rastro de las lucecitas que dejamos atrás. Como si el inicio del camino sirviera precisamente para que su cerebro recuperase la información de la ruta.

El grupo continúo avanzando en silencio un poco más. Detenidos en medio de ninguna parte, los soldados giraban sus cabezas tratando de buscar alguna referencia, pero resultaba imposible. Hasta que sus ojos fueron atraídos por la sensación de claridad creciente que procedía de algún lugar delante misma de ellos. Pequeñas lucecitas volvieron a surgir de las trabajadas paredes de la oquedad, mostrando una pared lisa y sin atisbo alguno de orificios, cerraduras o engranajes. Sin embargo, tal y como ocurriera en la superficie, la piedra se abrió en cuanto el anciano se acercó a ella. El pasillo que se abría a continuación era considerablemente más alto y ancho, y estaba totalmente iluminado. Al final se intuía una gran sala, y el rumor de quienes allí se encontraban era perfectamente perceptible. Los nativos invitaron a los soldados a avanzar de nuevo y en unos pocos pasos se encontraron en mitad de un enorme salón pétreo por el que se movían otros nativos. En el centro, una enorme maquinaria en forma de antena parecía presidir la actividad de aquellos seres. El anciano levantó su mano y señaló el artefacto.

-Los hermanos de vosotros llevaron éste para nosotros ayuda. Nosotros llamar, pero hermanos de vosotros no dar contesta.- explicó el anciano a los soldados.

-Parece un emisor de señales de socorro, ¿no les parece?- comentó el Comandante Pietrus- un poco antiguo y posiblemente estropeado, pero es un emisor de señales.

-Creo que sí- respondió Marja avanzando hacia el artefacto- si esta cultura ha tenido algún contacto con nosotros, es muy probable que se les entregara un transmisor así.

Marja se encontraba ya a la altura del artefacto y lo rodeó, examinándolo con atención, mientras pasaba su mano por su superficie. La antena tendría unos cuatro metros de alto y la base, más ancha que el resto de la maquinaria, presentaba una caja con botones.

-No parece estar en funcionamiento pero tampoco parece sin solución. Creo que podríamos ponerlo en marcha y tratar de emitir una señal a la flota, ¿no cree Comandante?- sugirió Marja.

-Creo que sí- contestó el oficial.

-Vosotros llamáis a los soldados y ellos vienen para ayuda de vosotros y nosotros. Las máquinas de fuego mueren a muchos. Llamáis a soldados y los soldados mueren a ellas- dijo el anciano mirando fijamente al Comandante.

-Ojalá fuera así de fácil, ¿verdad, señor?- comentó Faber.

-Ojalá, sí. Pero lo cierto es que estos “amigos” nos han dado la oportunidad de recuperar el contacto con la flota y eso es lo que vamos a tratar de hacer, soldado.

2008 © José C. Quintano

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