El Capitán Alatriste

A veces las responsabilidades nos obligan a abandonar nuestras islas de descanso, los pequeños refugios en los que solemos encerrarnos para dejar atrás cuanto de malo, o no tan malo pero sí agobiante, trae el día a día. La mayoría de ellas ni somos conscientes de ello, y caemos agotados en nuestros lechos cuando hace tiempo que la luz del día nos dejó. Pero cuando lo somos, cuando lo soy, me rebelo contra ello y me refugio en la lectura, la última de esas islas paradisiacas en las que disfruto perdiéndome.

Dicho y hecho, he retomado estos días al Capitán Alatriste, el genial personaje que creara Arturo Pérez Reverte hace ya más de diez años.

Si he de ser sincero debo reconocer que llegué a las novelas a través del juego de tablero, el juego de rol y, sobretodo, la (para mi gusto) fantástica adaptación cinematográfica de Agustín Díaz Yanes.  Disfruté enormemente con cada minuto de metraje y se me erizaron los pelos con la última escena, discurriendo a ritmo de marcha procesional. Por eso me decidí este pasado verano a comenzar con la saga del “capitán” español.

No pretendo, ni mucho menos, comentar la obra de quien es miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Ya he dicho en este mismo blog que no es esa mi intención en estos comentarios, sino más bien hablar de las sensaciones que las lecturas me producen. Y es desde esa perspectiva desde la que he de alabar sin duda la pluma del académico; pues si cada domingo me fascina y me fideliza con su “Patente de Corso“, me apasiona y atrapa con las trepidantes aventuras de Alatriste en cada nuevo volumen que abro. Un sentimiento algo confuso, pues me parece curioso observar como al gran público, (español claro) la historia que se narra le resulta ajena y extraña; algo sobre lo que en algún momento el mismo Arturo Pérez Reverte ha reflexionado en sus artículos dominicales.

Es triste, sí, pensar que la historia de España está llena de héroes anónimos (y no tan anónimos), de personajes como el Capitán, a los que olvidamos, menospreciamos y terminamos por suplantar por los héroes reales o de ficción que nos llegan allende nuestras fronteras. Será el espíritu español, su genética nacional, pero no por ello menos sorprendente.

Me entristece sí, pero me consuelo con cada paso de página, imbuido del espíritu que transmiten sus párrafos. Quizás sea este el origen de mi admiración hacia el autor, su trabajo y obra, y su capacidad para recordarnos en muchas ocasiones quienes fuimos y quienes somos.

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