SÓLO HÉROES (1)

Habíamos llegado hasta allí para luchar, pero lo único que habíamos hecho era hundir nuestras botas en un lodazal hasta quedar semienterrados. La ropa había perdido su color y se confundía con el entorno. En realidad todo parecía confundirse: la tierra encharcada que pisábamos, la escasa vegetación que sobresalía de ella, los troncos seccionados a diferentes alturas que recortaban el horizonte y ese monótono y plomizo cielo que parecía perseguirnos desde hacía una semana. Ciertamente, los colores habían huido ante tanta atrocidad y tristeza.

-Bueno muchachos, no os acomodéis…- un silbido interrumpió las palabras del suboficial y tras él una naranja llamarada hizo oscurecer su rostro. Antes de que el cuerpo nos cayera deshecho ante los pies decenas de silbidos similares se colaron en nuestros oídos y resplandecientes bocas de fuego naranja surgían por todas partes, levantando cuerpos y calcinando a los hombres. Hundimos las caras en el suelo y contrajimos todos nuestros músculos con la inocente esperanza de que así permanecíamos más a salvo de nuestros enemigos. Cientos de hombres, como niños bajo las sábanas en una noche de tormenta, guarecidos bajo sus propias manos, como cuando se tapaban con las sábanas para escapar de aquel fantasma inexistente que creían tener en algún rincón de su cuarto. Cientos de hombre como lombrices embarradas.

-¿Qué hacemos? ¿Dónde están los otros suboficiciales?- gritó una voz casi imposible entre el estruendo. No hubo respuesta. ¿Quién iba a responder?

-¿Y los transportes? ¡Volvamos a los transportes!- espoleó otra voz. Pero nadie parecía tener la intención de levantarse por el momento, todos agazapados en aquella fosa alargada y estrecha en la que se había convertido el desnivel de terreno.

Miré a la derecha y allí estaba ese maldito loco incorporándose con dos granadas en la mano.

-Aquí moriremos igual- gritó. Una rápida estirada del brazo y las dos bolas escaparon de entre sus dedos para perderse en el humo que teníamos frente a nosotros. Dos explosiones de luz parecieron entreverse en la densa humareda y tras ellas una figura con sendas granadas en cada mano desapareció ante nuestros ojos.

-¡Qué demonios!- oí a mi izquierda. Allí se incorporaba otro inconsciente aferrado a su rifle y abriendo fuego. Y tras él una docena más se incorporó. Una lengua de fuego nos devolvió a dos de ellos calcinados, pero más que amedrentar a los que aún continuábamos con la cara pegada al suelo, espoleó los pocos ánimos que pudiera haber. Así que me incorporé, iluminado por la incandescencia del fuego enemigo y corrí hacia el humo que cegaba nuestro camino…

2007 © Jose Carlos Quintano

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